Conoce la historia del Acueducto de Morelia, sus 253 arcos de cantera rosa y su evolución desde la época virreinal hasta ser Patrimonio de la Humanidad.

Hay monumentos que identifican a una ciudad y que parecen formar parte de su propia geografía. El Acueducto de Morelia pertenece a esta categoría. Sus 253 arcos de cantera rosa se extienden a lo largo de aproximadamente 1.7 kilómetros y atraviesan una de las zonas más reconocibles de la capital michoacana, como si siempre hubieran estado ahí. Durante generaciones ha servido como punto de referencia para orientarse, escenario de fotografías familiares, postal obligada para visitantes y, durante casi dos décadas, imagen impresa en los billetes mexicanos de 50 pesos.

La historia del monumento es más antigua que la estructura que hoy contemplan los morelianos. Desde los primeros años de la entonces Valladolid, en la época colonial, existió la necesidad de conducir agua desde los manantiales ubicados al oriente de la población. La ciudad, fundada en 1541, dependía de un sistema rudimentario compuesto por “canoas” elaboradas con madera, barro y paja. Aquella infraestructura primitiva permitía llevar el líquido hasta el centro urbano, pero resultaba vulnerable al paso del tiempo y a las condiciones climáticas.

Conforme el número de habitantes aumentó, también lo hicieron las exigencias de abastecimiento. En 1598 se emprendieron trabajos para sustituir las antiguas conducciones por una estructura más resistente construida con cal, piedra, arena y tierra. Décadas después comenzaron a levantarse arquerías de cantera para sostener la conducción de agua. Aquellos esfuerzos representaron una mejora importante, pero lejos de ser definitiva. Los daños provocados por el tiempo, los movimientos sísmicos y los problemas estructurales obligaron a realizar reparaciones constantes durante los siglos XVII y XVIII.

A finales del siglo XVIII la situación se volvió crítica. Diversos reportes técnicos advertían el deterioro de la infraestructura existente y el riesgo de colapso de la red de abasto de agua para Valladolid. De acuerdo con registros históricos, en 1784 una parte importante de la arquería se vino abajo, confirmando los temores de quienes habían alertado sobre su estado. La ciudad enfrentaba entonces un problema doble: la necesidad urgente de garantizar el suministro del líquido y una situación económica complicada derivada de las sequías que afectaban la región.

Fue en ese escenario que apareció la figura de fray Antonio de San Miguel, obispo de Michoacán. El religioso, conocido por impulsar obras públicas y proyectos de beneficio social, decidió financiar la reconstrucción integral del sistema hidráulico. El 21 de octubre de 1785 emitió un edicto mediante el cual destinó recursos para iniciar las obras. Se trató de una decisión que atendía dos problemas: además de garantizar el abasto de agua para Valladolid, la construcción permitiría ofrecer empleo a numerosos habitantes afectados por la crisis económica de la época.

Antes de iniciar los trabajos se solicitó una evaluación técnica a los maestros Diego Durán y Valentín Elizarrazaz, quienes elaboraron estudios y presupuestos para la nueva obra, quienes se dieron cuenta que los recursos no alcanzaban, por lo que la intervención de Antonio de San Miguel fue decisiva.

Con esos elementos comenzó la construcción del Acueducto de Morelia que ha llegado hasta nuestros días. Las labores iniciaron en noviembre de 1785 y concluyeron a principios de 1789, dando forma a una de las obras de ingeniería hidráulica más importantes del periodo virreinal en el occidente de la Nueva España.

El resultado fue una estructura monumental levantada casi por completo en cantera rosa, material abundante en las inmediaciones de Morelia y que terminaría convirtiéndose en uno de los rasgos distintivos de la arquitectura local. La piedra caliza de tonalidades rosadas ya se utilizaba en templos, conventos, edificios civiles y casonas del centro histórico, pero ninguna construcción alcanzó la escala del acueducto.

Desde el punto de vista arquitectónico, la obra destaca por su secuencia de 253 arcos de medio punto sostenidos por pilares de cantera cuidadosamente labrados. La altura máxima alcanza aproximadamente 9.24 metros en la zona cercana al actual Jardín Villalongín. La uniformidad de la arquería produce una sensación de continuidad visual que se mantiene prácticamente intacta más de dos siglos después de su construcción.

La función estructural de los arcos era sostener el canal por el que circulaba el agua impulsada únicamente por gravedad. El diseño aprovechaba la pendiente natural del terreno para transportar el líquido desde los manantiales de la zona oriental hacia la ciudad. Dos cajas de agua formaban parte esencial del sistema, permitiendo regular el flujo y distribuirlo hacia distintos puntos urbanos. Desde ahí, una red de tuberías de barro conducía el agua hasta fuentes públicas, conventos, edificios religiosos y algunas viviendas particulares.

Las crónicas históricas señalan que el Acueducto de Morelia llegó a abastecer alrededor de 30 fuentes públicas distribuidas en la ciudad. Para una población que dependía del acceso constante al agua para el consumo doméstico, el funcionamiento del sistema representó una mejora sustancial en las condiciones de vida. Durante más de un siglo la arquería cumplió eficazmente la tarea para la que fue construida.

La llegada de nuevas tecnologías de abastecimiento y la modernización de la infraestructura hidráulica terminaron por volver obsoleto el sistema. Hacia 1910 dejó de utilizarse para conducir agua de manera regular. Sin embargo, a diferencia de muchas obras públicas que desaparecen una vez concluida su utilidad práctica, el Acueducto de Morelia sobrevivió gracias a su valor arquitectónico y simbólico.

A lo largo del siglo XX el crecimiento urbano transformó profundamente el entorno que lo rodeaba. Calles, avenidas, jardines and colonias aparecieron alrededor de la antigua infraestructura hidráulica. Lo que alguna vez marcó el límite de la ciudad quedó incorporado al corazón de Morelia. Los arcos pasaron de transportar agua a convivir diariamente con automóviles, peatones, ciclistas y miles de habitantes que los observan casi sin darse cuenta.

Su importancia histórica y estética fue uno de los elementos considerados en la declaratoria del Centro Histórico de Morelia como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1991. Especialistas en conservación consideran que se trata de uno de los acueductos virreinales mejor preservados de México y uno de los que conserva una mayor proporción de su estructura original.

Y es que durante décadas se han realizado intervenciones de conservación, restauración y mantenimiento para enfrentar los efectos de la humedad, la contaminación ambiental, el crecimiento de vegetación y el desgaste natural de la cantera. Entre las acciones efectuadas destacan trabajos de restauración integral en la década de 1990, así como labores periódicas de limpieza, desazolve y monitoreo estructural desarrolladas por autoridades municipales, federales y especialistas en patrimonio histórico.

La resistencia del monumento ha sido puesta a prueba en numerosas ocasiones. Ha soportado sismos, lluvias intensas, accidentes vehiculares y actos de vandalismo. Pese a ello, la silueta de la arquería permanece inalterada. La cantera rosa continúa reflejando los cambios de luz a lo largo del día, desde los tonos suaves del amanecer hasta los matices anaranjados del atardecer.

Cuando cae la noche, la iluminación escénica transforma nuevamente el paisaje. Los arcos parecen prolongarse en la oscuridad como una sucesión interminable de sombras y luces. Es en esos momentos cuando resulta más evidente que el Acueducto de Morelia dejó de ser únicamente una obra hidráulica hace mucho tiempo y se convierte en un escenario de Morelia. La infraestructura construida para resolver una necesidad urbana terminó convirtiéndose en la imagen más reconocible de la ciudad, una presencia que acompaña la vida cotidiana de Morelia desde hace 237 años.

Arved Alcántara / La Voz de Michoacán